Entrevista sobre relevo generacional, viticultura regenerativa, variedades autóctonas y el futuro de una bodega familiar en Castilla-La Mancha.
Hablar de Bodegas Romero de Ávila es hablar de una familia vinculada al viñedo en La Solana (Ciudad Real), Castilla-La Mancha, desde hace generaciones. Hoy, los hermanos Ana María y Antonio Romero de Ávila están al frente de una nueva etapa del proyecto familiar, en la que conviven la experiencia heredada, la evolución de la bodega y una visión de futuro marcada por el cuidado del viñedo, las variedades autóctonas y la identidad de sus vinos.
Ana aporta una visión comercial y de proyección internacional, mientras que Antonio se centra en la parte técnica del viñedo y la elaboración. Juntos representan el relevo generacional liderado por su padre, Santiago Romero de Ávila, y comparten el objetivo de mantener la esencia familiar sin renunciar a la evolución.
Entre sus vinos destacan Romero de Ávila Salcedo (su buque insignia), Testigo (vino de autor), Abuelo Paco (homenaje al abuelo de la familia) y Terras de Lastra (su apuesta por nuevos horizontes).
Hablamos con Ana y Antonio en VinosCLM MEDIA para entender el día a día de la bodega, el estilo de sus vinos y cómo imaginan el futuro del proyecto.
Entrevista Bodegas Romero de Ávila
- Romero de Ávila es una familia con una larga vinculación al viñedo castellanomanchego. ¿Cómo ha evolucionado el proyecto familiar desde las primeras generaciones hasta la bodega actual?
Nuestra historia empieza en el viñedo, como la de muchas familias de la zona. Durante generaciones, el trabajo estaba en la tierra, en entenderla y en cuidarla. No había tanto foco en el vino embotellado, sino en sacar adelante cada campaña.
Con el paso del tiempo, esa base agrícola fue evolucionando hacia una visión más completa, incorporando la elaboración propia y apostando por el embotellado como forma de aportar valor. Hoy seguimos siendo eso: una familia que viene del campo, pero con una visión más amplia. Hemos evolucionado, pero sin perder ese origen.
- En vuestra historia aparece una figura muy especial, la del Abuelo Paco. ¿Qué papel jugó en el desarrollo de la bodega y qué enseñanzas siguen presentes hoy en el proyecto familiar?
El Abuelo Paco lo es todo en cierto modo. Es la persona que nos enseñó a trabajar la viña, pero también a entender que esto no va solo de elaborar, sino de hacer las cosas bien.
Más allá de lo técnico, su legado sigue vivo en la forma en la que se toman las decisiones: con una visión a largo plazo y manteniendo siempre un fuerte compromiso con lo que se hace. Muchas de las decisiones que tomamos tienen que ver con esa filosofía.

- La bodega vive ahora una etapa de relevo generacional. ¿Cómo se está construyendo ese nuevo equilibrio entre experiencia y nuevas ideas dentro de la familia?
Es un momento bonito, pero también de aprendizaje. Las nuevas generaciones llegamos con ideas distintas, con otra forma de ver el mercado, la comunicación o incluso el propio vino.
Pero al mismo tiempo, tenemos la suerte de contar con la experiencia de quienes llevan toda la vida en esto. El equilibrio se da de forma bastante natural: escuchando mucho, respetando lo que ya funciona y aportando poco a poco cosas nuevas. Creo que es una buena combinación, basada en el diálogo y el respeto mutuo.
- Cuando una bodega es también un proyecto familiar, las decisiones empresariales y las personales suelen ir de la mano. ¿Cómo es el día a día trabajando juntos y cómo se reparten las responsabilidades?
Es intenso, pero muy gratificante. Al final, no hay separación entre trabajo y vida personal, porque todo forma parte del mismo proyecto de vida.
Nos organizamos intentando que cada uno esté donde más puede aportar, pero siempre con mucha colaboración entre todos. Y, aunque a veces haya diferencias de opinión, como en cualquier familia, hay algo que lo facilita todo: el cariño, el respeto y las ganas de seguir construyendo juntos.
- Cada vez se habla más de viticultura regenerativa. ¿Qué prácticas estáis aplicando en vuestros viñedos y qué objetivos buscáis con este enfoque?
Para nosotros no es tanto una moda como una forma de volver a hacer las cosas con más sentido. Estamos trabajando en prácticas que buscan mejorar la salud del suelo y la sostenibilidad del viñedo a largo plazo. Esto incluye la reducción de intervenciones agresivas, el uso responsable de recursos y la apuesta por cubiertas vegetales o técnicas que favorezcan la biodiversidad. El objetivo es claro: dejar la tierra mejor de lo que la encontramos y, además, conseguir uvas con mayor expresión y personalidad.

- Las variedades autóctonas parecen estar recuperando protagonismo en muchos proyectos. ¿Qué papel juegan en vuestra bodega y qué ventajas ofrecen en un escenario de cambio climático?
Son parte de nuestra identidad. Son variedades que llevan generaciones adaptadas al entorno, y que entienden perfectamente el clima y el entorno.
En un contexto de cambio climático, esta adaptación natural es una gran ventaja porque responden mejor a condiciones climáticas exigentes, como altas temperaturas o escasez de agua.
Además, aportan autenticidad al vino, cuentan de verdad de dónde vienen. Y eso tiene mucho valor.
- Si alguien prueba hoy un vino de Bodegas Romero de Ávila, ¿Qué estilo o identidad puede encontrar en la copa?
Sobre todo, honestidad.
Buscamos equilibrio, frescura y que la fruta esté siempre presente. Que sean vinos fáciles de entender, pero que tengan algo que contar.
- ¿Dónde se pueden encontrar actualmente vuestros vinos y qué tipo de consumidor conecta mejor con vuestro proyecto?
Estamos presentes tanto en España como en algunos mercados internacionales, trabajando con distribuidores que entienden bien nuestro proyecto.
El perfil que mejor conecta con nosotros es el de alguien que busca vinos auténticos, sin artificios, y que valora proyectos familiares con identidad.
- Con la nueva generación ya implicada en el proyecto, ¿cómo imagináis el futuro de la bodega en los próximos años?
Nos lo imaginamos creciendo, pero con los pies en la tierra.
Al mismo tiempo, queremos mantener siempre el carácter familiar y la cercanía que nos define. Crecer, sí, pero sin perder la esencia: ese es probablemente el mayor reto y también la mayor oportunidad.
Si dentro de unos años seguimos siendo reconocibles como proyecto familiar y elaborando vinos en los que creemos, estaremos en el buen camino.


















